Quizá estén condenadas a entenderse. Pero ahora, mientras se debate una más que probable fusión, es hora de recordar los sorprendentes inicios de las dos bestias financieras que han acaparado los amores, inquietudes y esperanzas de los murcianos durante décadas. Son Cajamurcia y Caja Mediterráneo. Sin embargo, ni siempre se llamaron así ni tampoco nunca tuvieron tanto poder.

AutogiroLa historia de Cajamurcia, con los balances en la mano, puede tildarse de espléndida sin riesgo de incurrir en un halago fácil. Basta recordar que fue fundada por la antigua Diputación Provincial, que destinó a la empresa tres millones de pesetas. Y que a lo largo de una década, aquella modesta institución fue creciendo hasta alcanzar la cifra de tres mil seiscientos millones en recursos ajenos.

La oficina primitiva, ubicada en los bajos del antiguo Palacio de la Diputación, en la avenida Teniente Flomesta, dio paso a una veintena larga de oficinas en ese mismo periodo de tiempo. Ya era imparable. De hecho, en 1982 los recursos ajenos de la Caja ascendían a la cantidad de 22.000 millones de pesetas.

Aquel mismo año los diarios anunciaban la constitución de la nueva asamblea general de “nuestra caja”, a cuyo consejo de administración se incorporaban personalidades de prestigio científico, cultural y profesional, entre las que se encontraba José Antonio Lozano Teruel, Antonio Vallejo y José María Casanova.

Era por entonces director general el recordado Ángel Campos y su adjunto Carlos Egea Krauel, quien sería más tarde el artífice del despegue de la entidad y principal responsable de que hoy en día se considere a Cajamurcia como una de las mejores entidades financieras de España, con un resultado atribuido al grupo de 115 millones de euros en el primer semestre de 2009.

Las ideas de Carlos Egea fueron tan afortunadas que hasta el nombre de la entidad se debe a su olfato financiero. Así sucedió tras la apertura de “dieciocho minibancos automáticos”. Se trataba de cajeros automáticos que, bajo el nombre de cajamurcia, revolucionaron en 1983 el acceso a la Caja por parte de los murcianos.

La historia de este éxito comenzó a fraguarse el 6 de octubre de 1965 (aunque la Caja había sido creada sobre el papel dos años antes), cuando se celebró la inauguración de la Caja de Ahorros Provincial, una puesta de largo que congregó a políticos y banqueros, junto a una completa representación de la sociedad murciana.

En aquel acto, Luis Coronel de Palma, director general del Instituto de Crédito de las Cajas de Ahorro, adelantó el principal objetivo de la nueva entidad: “Procurar que los ahorros de los murcianos queden en la provincia y puedan revertir en el beneficio de la misma”. Eso, sin olvidar la advertencia de que la Caja «es un embalse que dispone de un vaso receptor, pero que precisa de la lluvia de vuestros ahorros”.

Frente a Cajamurcia, el otro gigante económico se convirtió en noticia en enero de 1988 cuando los diarios anunciaron, “aunque aún no es oficial”, que la “CAAM se llamará Caja de Ahorros del Mediterráneo”. En las informaciones se destacaba que la entidad culminaría en breve un minucioso plan de cambio de imagen que entroncaba con la idea de expansión hacia otras entidades de ahorro.

Pero la historia de la caja, cuajada de fusiones, se remontaba al siglo XIX. Así, la actual Caja Mediterráneo hunde sus raíces en la remota Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Alicante (1877), de Elche (1886), y de Jumilla (1893). Junto a otras de Murcia, Cartagena y Yecla formarían, en 1940, la Caja General de Ahorros y Monte de Piedad del Sureste de España. Tres décadas después ya contaba con 274 oficinas. Hoy, renombrada como Caja Mediterráneo, dispone de 784 sucursales y se sitúa entre las principales cajas de ahorro. A ella se debe el empuje en Murcia de su vicepresidente, Ángel Martínez, y del director general, Roberto López.

Así las cosas, mientras los asesores financieros supuestamente valoran una fusión, quizá nos encontremos ante un episodio más en la interminable historia de ambas instituciones.

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