El día en que frieron a Jaime, el Barbudo

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A Jaime José Cayetano Alfonso no se le conocía ningún vicio. Si acaso, beber. Pero no más que el resto de pastores improvisados que bregaban con el ganado en las lomas de Crevillente a comienzos del siglo XIX. Jaime Alfonso, de apodo El Barbudo y nacido en 1783, cuidó de los rebaños de su padre hasta que cumplió 25 años, cuando formó una familia y quedó al cuidado de una finca en Catral. Entonces, para su desgracia, conoció al Zurdo, un temible bandolero.

Jaime AlfonsoCierto día, ambos se encontraron. Y Jaime Alfonso, quien hasta entonces sólo había matado algún que otro lobo, defendió las tierras a trabucazo limpio. El Zurdo murió y el Barbudo, para proteger a los suyos, se echó al monte. Pudo alegar defensa propia ante la Justicia, pero los secuaces del Zurdo ya lo habían condenado a muerte. Acababa de nacer el más célebre bandolero levantino de todos los tiempos.

El Barbudo extendió sus fechorías desde Alicante a la Sierra de la Pila, en Abanilla, donde pronto se hizo muy popular. Allí mantuvo su principal baluarte, en la llamada Cueva de la Excomunión. Si es cierto que repartía parte de sus botines entre los más pobres, no lo es menos que cometió asesinatos para obtenerlos.

La invasión francesa de 1808 le ofreció un escenario ideal para continuar sus fechorías, que se tornaban actos heroicos cuando sus objetivos eran las tropas napoleónicas. Pero la guerra y la excusa para el pillaje terminaron. De momento.

La fama del bandido traspasó nuestras fronteras. El barón Taylor, quien fuera ayudante de campo del General Orsay en la Guerra de la Independencia, requirió sus servicios como escolta en su periplo por las tierras levantinas. Jaime Alfonso, al despedirse de él, le entregó su célebre trabuco, que adornaría la casa del barón durante décadas. No fue el único extranjero al que encandiló el forajido. Lord Carnarvon, en su obra ‘Voyage through the Iberian Peninsula’, también retrató al bandolero.

Jaime Alfonso tomó partido por los absolutistas de Fernando VII, frente a los liberales, que habían puesto precio a su cabeza. De nuevo, más que una opción política fue un pretexto para asegurar el sustento de la partida de bandoleros que capitaneaba. Pero los periódicos, de uno y otro bando, también se valieron de su figura. En 1820, desde la Sierra de la Pila, solicitó el indulto para su cuadrilla, a cambio de colaborar con el régimen constitucional.

El Correo Murciano, en 1822, noticiaba que una columna formada por más de 100 soldados había salido en busca, «ya no del ladrón Jaime, sino del Excelentísimo Señor Don Jaime Alfonso, general de la fe que ha aparecido con una partida de facciosos de 150 o 200 hombres». Incluso se enviaron desde Málaga otros 100 soldados «eminentemente liberales».

La relación con Murcia se estrechó aquel año. Los diarios denunciaron que el Barbudo, en sus correrías por Alicante, tenía el apoyo de «pajarracos que comen, visten, calzan, viven y alternan» en la capital del Segura, pues hay quien «no sólo aplaude sus heroicidades, sino que también refuerza su partida con hombres y dinero».

En 1823, Jaime Alfonso recibe la encomienda «de perseguir malhechores». El Correo Murciano informó de que, en su primera salida, «ha muerto 4 y ha preso otros 4». Entre los asesinados figuraba un fraile capuchino que «parecía huir al ver la partida». El Barbudo mandó detenerlo y le halló «papeles subversivos». La conclusión de la noticia no tiene desperdicio periodístico: «El fraile se murió en el acto».

El Barbudo, en su nueva faceta de sicario, se puso al servicio de una sociedad secreta denominada El Ángel Exterminador. Sus miembros, ya abolida la Santa Inquisición, propugnaban la eliminación de los liberales.

La promesa de indulto a Jaime Alfonso nunca se cumplió. Consumada la Restauración, el Barbudo se convirtió en un problema de fácil solución. Bastaba aplicar la pena de muerte que pesaba sobre él. Ni siquiera su petición de acogerse a la amnistía otorgada por las Cortes el 18 de febrero de 1823 lo salvó de la horca.

El corregidor de Murcia, Rafael Garfias, quien después levantara en La Glorieta una escultura monumental a Fernando VII, dispuso el cadalso en la plaza de Santo Domingo: un garrote vil y una horca, en la que ajusticiaron a Jaime Alfonso. Pero aquello no parecía suficiente, por lo que añadieron una terrible pena accesoria.

El bandolero fue descuartizado en cinco trozos y sus despojos se frieron. Así los conservaron para trasladarlos a aquellos lugares donde más partidarios tenía. La cabeza fue expuesta en su Crevillente natal. El resto, en Hellín, Sax, Fortuna, Jumilla y Abanilla.

El verdugo del Barbudo, José Manuel Merino, firmó un documento hoy histórico donde explicaba que el 15 de julio de 1824 ejecutó la sentencia de muerte de horca, descuartizó y frió «los cuartos a que fue condenado un reo llamado Jaime Alfonso el Barbudo».

El pobre Merino suplicaba el pago de su sueldo pues, aparte de tener tres hijos y un empleo tan impopular, en Jumilla le debían otros 600 maravedís «de la conducción y fijación de los cuartos del reo Jaime». Y así fue como el célebre bandolero atemorizó por última vez los caminos, aunque en esta ocasión sólo asustara a cuantos descubrían sus despojos alzados en un mástil.

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