Será el siguiente nombre que se añada a la lista de monumentos perdidos para siempre por la pésima gestión cultural de los políticos. Pero, en este caso, es muy probable que algunos tengan que explicar por qué no actuaron para protegerlo. Y no podrán, como se acostumbra, alegar desconocimiento. Porque la cuestión de la inminente ruina de la histórica mansión de Torre Guil, en la pedanía de Sangonera la Verde, fue objeto de un acalorado debate en el Ayuntamiento de Murcia hace ahora dos años y medio. Ese es el tiempo que lleva sin cumplirse el acuerdo que podría haber salvado este enclave único.

cronicasmurcianas.esConocedora de esta irregularidad, la concejal del PSOE Begoña García Retegui preguntará en el próximo pleno municipal la razón del incumplimiento de la moción aprobada en su día. Y olvidada al siguiente.

El debate se produjo en el Pleno del 28 de noviembre de 2013 tras la denuncia publicada en ‘La Verdad’ la semana anterior y gracias a una moción presentada por su partido, en la que se pedía al Consistorio que procediera a la recuperación y puesta en valor de esta «mansión emblemática», que ya estaba «amenazada de ruina y en serio peligro de derrumbarse».
El PSOE recordaba que el palacete estaba protegido por la Ley de Patrimonio Histórico Regional, lo que obligaba a las administraciones a protegerlo. Y a proteger también, como exigió el 10 de julio de 2013 el portavoz de UPyD, Rubén Serna, un histórico secadero que, mal que bien, aguanta en pie en la finca. Tampoco le hicieron caso.

Izquierda Unida propuso en aquel pleno que se instara a sus propietarios a «que protejan de forma adecuada el bien». El PP presentó entonces una moción alternativa que rezaba: «Desde el Ayuntamiento de Murcia se adoptarán las medidas necesarias y se requerirá a la propiedad que garantice su conservación en razón de su grado de protección».

Dos años y medio después no se ha movido desde Urbanismo ni un solo papel. Pero se acaba de derrumbar una parte del tejado de este inmueble que antaño fuera cuna, entre otras cosas, del mejor aceite de oliva que se producía en España. Como «miel suavísima» describía ‘El Diario de Murcia’ al aceite de Torre Guil. Y lo hacía en un curioso contexto en 1890. Porque ‘El Diario’ lamentaba entonces que el aceite que se comercializaba en Murcia, «aún en las tiendas más acreditadas» no tenía tanta calidad y «parece andaluz, por su grosura y su sabor poco fino. […] ¡No es aquel incomparable aceite de la Torre de Guil!».

La calidad, por tanto, también había que pagarla. Y con creces. De hecho, según los registros de la época, la arroba de aceite murciano rondaba las 14 pesetas, mientras que el andaluz se situaba en 12,50 pesetas. Similar precio tenía la denominada «clase corriente» del producido en Sangonera. Eso, sin contar las muchas falsificaciones que denunciaban los diarios de la época.

«Se avisa al público -señalaba el diario ‘Las Provincias de Levante’- porque en varios establecimientos de esta localidad se anuncia y expende con aquel nombre aceite de otras procedencias». También en aquella finca se empleó por vez primera una segadora en la Región.

Aparecen actas inéditas

El edificio perteneció a una familia de regidores y militares de alta graduación, así como el primer juez de bienes de la Santa Inquisición, los condes de Guil, los marqueses de Villamantilla de Perales o el capitán Cristóbal Guil, quien sirvió al rey Fernando el Católico en Italia y en la toma de Orán, entre otras plazas. Por último, fue residencia del senador Diego González-Conde. Durante la Guerra Civil fue convertida en centro de acuartelamiento para los mozos que residieran en las pedanías murcianas. El cuartel albergó a unos 1.000 soldados. Y de esa época data un sensacional descubrimiento.

Se trata de unas actas fechadas el 17 de octubre de 1936 y que prueban el traslado de casi 250 obras de arte desde la histórica torre al Museo de Bellas Artes. Las actas contienen una relación de «los cuadros, esculturas y enseres entregados para su depósito […] el día 20 de septiembre de 1936, procedentes de Torre Guil». El documento está firmado por el director del Museo de Bellas Artes, el pintor Pedro Sánchez Picazo, y el alcalde de Murcia, además del llamado «responsable de la incautación», bajo cuyo epígrafe no figura firma alguna.

El interés de estas actas, que se conservan en el actual Museo de Bellas Artes junto a otros papeles de la Junta Delegada del Tesoro Artístico de Murcia, reside en que evidencian la formidable colección que atesoraba la casa-torre.

Respecto a los cuadros, los encargados de su descripción, entre los que sin duda estuvo el propio director y otros destacados artistas murcianos, se citan algunos que resultan muy curiosos. Así, una Adoración del pintor murciano Pedro de Orrente (1580-1645), varios óleos de la Virgen del Rosario atribuidos a Mateo Gilarte (1625-1675), un San Juan Bautista de Jerónimo Jacinto de Espinosa (1600-1667), un Adán y Eva del flamenco Marten de Vos, y otros óleos de Juan de Valdés Leal (1622-1690), Pedro de Moya (1610-1674), José Serrate, Vicente López Portaña y Tomás Yepes (1595-1674).

Más sorprendente resulta la interminable lista de obras atribuidas a la escuela de Murillo, Velázquez, Brueghel, Rubens, Van Dyck, Mengs, Tintoretto, Arrellano, Suárez, junto a otros que los incautadores atribuyeron a las escuelas italiana, francesa y alemana. Eso, sin contar las decenas que no lograron ser identificados, como así consta en el acta, y que representaban escenas religiosas, de caza y paisajes, «asuntos históricos», retratos, bodegones o batallas. Casi todos ellos fueron devueltos en 1940, ya concluida la Guerra Civil, a sus antiguos propietarios.

Sorprende, en cambio, la escueta lista de enseres que fueron incautados de la mansión y que se reducen a dos pedestales «dorados estilo Renacimiento», dos bases similares y una arquimesa, esto es, un mueble con tablero de mesa y varios compartimentos o cajones. Fueron devueltos el 22 de junio de 1939.

Aquel mismo día la familia también recuperó diversas piezas de cerámica, entre las que había algún jarrón «imitación japonesa» y numerosas piezas de porcelana del Buen Retiro, la manufactura real creada por Carlos III en 1760 y de cuyos talleres salían las piezas que adornaban el Palacio Real de Madrid y los Reales Sitios.

Por último, en el Museo se depositaron dos esculturas. Una de la Purísima, advocación a la que estaba consagrada la ermita de Torre Guil, y otra talla anónima, junto a una cruz de nácar de pequeñas dimensiones.

Este es solo otro de los episodios de esta espléndida casa-torre murciana que pronto pasará, si es que nadie se atreve a remediarlo, a la historia negra del municipio.

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