Un simple agujero en la roca, si es tan oscuro y profundo como la época en que se contempla, puede convertirse en una supuesta puerta infernal. Y lo cierto es que para muchos puede serlo. Sobre todo para cuantos caen a su interior por descuido o tras el corte certero de una faca en sus gaznates.

Refiere la leyenda que en tiempos de Juan I de Castilla, allá por mediados del siglo XIV, la comarca de Fortuna fue azotada por las correrías de un caudillo moro, cuya destreza sobre el caballo lo volvía tan peligroso como escurridizo. Pero cierto día fue apresado y conducido a Murcia, donde fue condenado a muerte.

El Concejo ordenó que el reo fuera trasladado a «la costera de Monteagudo [&hellip] cerca de una sima muy honda», adonde había que arrojarlo después de ser degollado como público escarmiento. Los verdugos cumplieron la pronta sentencia y empujaron al desafortunado al interior del agujero «para que nunca apareciese». Quizá aquel día nació la leyenda.

Palacio Episcopal murciaFrutos Baeza habría de recordar el episodio varios siglos más tarde. En su opinión, el episodio era sorprendente. «El cortejo silencioso, entre sombras, cruzando la huerta -escribirá el poeta-; el hombre del alguacil tañendo la campana; el sayón armado con la tajante cuchilla; la costera solitaria; la boca feroz de la lóbrega sima, escondrijo de cuervos. Todos los elementos, en fin, de un sombrío cuadro de época».

El mismo autor recordará que mucho tiempo después se construyó una ermita consagrada a Nuestra Señora de la Antigua, cuya devoción fue compartida en el pueblo con el culto a San Cayetano, dando lugar a «la más alegre y típica romería murciana» en las proximidades de un lugar donde antes solo había lamentos y condenas.

No resulta extraña la ejecución de condenados en una fortaleza que atesoraba, además de estancias donde el Rey Alfonso X llegó a residir, sus correspondientes mazmorras. Aún se conserva una cédula de Enrique IV dirigida en 1458 al alcaide de Monteagudo, Juan de Flores, sobre algunos malhechores que acogía en el castillo.

Recién estrenada la segunda mitad del siglo XIX, el periódico científico, artístico y literario La Vega, que se editaba en una imprenta de la calle Trapería, publicó un interesante artículo sobre Monteagudo. Estaba firmado por Florencio Luis Parreño y describía que, al iniciar el ascenso al castillo desde la remota ermita de San Cayetano, podía contemplarse «una inmensa terrera, en cuyo corte vertical observas blanquear huesos humanos mezclados con restos de ánforas, lacrimatorios y otros objetos de uso doméstico».

Parreño destaca, en referencia a la sima, que «grande es su profundidad. ¿Quieres conocerla? Pues escucha&hellip ¿No oyes el eco terrible como retumba en las concavidades del monte? ¿No sientes helársete la sangre en las venas al considerar cuánto debieron sufrir en su caída los que tuviesen la fatalidad de ser arrojados al seno de ese espantoso precipicio?».

En marzo de 1910 la oscura sima recobra actualidad. El pedáneo de Monteagudo, Juan Manresa, denunció la desaparición de José Martínez, un anciano viudo, de quien no se tenían noticias desde hacía unas semanas. En el pueblo circuló el rumor de que José había caído al agujero «a juzgar por el fuerte hedor que despide». La noticia, en cambio, no se podía confirmar porque resultaba imposible «reconocer la sima por su mucha profundidad».

El juzgado de San Juan se encargó de ordenar las pesquisas oportunas, que se efectuaron el 16 de marzo. Hasta el lugar se trasladó el juez, el alcalde accidental de Murcia acompañado por un escribano y un médico forense. El redactor de El Liberal, que participó en la comitiva, destacó que el monte, por la afluencia de curiosos, ofrecía «un pintoresco aspecto, inusitado y alegre, más propio de un día de romería que de una diligencia judicial y macabra».

Primeras mediciones

La boca de la sima era una circunferencia de unos 6 metros de diámetro y su profundidad, desconocida hasta aquel día, se cifraba tradicionalmente en unos 70 metros. Pese a la presencia de las autoridades, nadie se atrevía a descender a aquel aterrador agujero. Primero, por desconocer qué dantesco espectáculo aguardaba en el fondo. Y segundo, porque quien entrara habría de regresar con el cadáver del anciano, si es que allí se encontraba.

Después de algunos minutos, fue José Luis Martínez, apodado El Nene, quien se decidió a bajar. No en vano era el conductor de La Pepa, que así llamaban al carro fúnebre. El Nene, en apenas 20 minutos, había localizado el cadáver del desaparecido. Acomodó los restos en un serón, «se encasquetó un sombrero calañés que usaba el muerto y tocó la campana para dar aviso de que podía comenzar la ascensión». Mientras lo subían, El Nene perdió el sombrero. Pero las ropas del anciano y otros detalles permitieron identificar los restos, que fueron sepultados en el cementerio de la pedanía.

Refieren las crónicas que se usaron más de 60 varas de cuerda «que se hundían en el precipicio», lo que equivalía a unos 50 metros, si bien no queda claro si el pozo era aún más profundo. A finales de 1989 y principios de 1990, en través de un proyecto de consolidación del castillo, se instaló una reja en la histórica sima.

La existencia de este pozo ha espoleado durante generaciones la imaginación popular. Algunos han mantenido que es la entrada a un túnel que une el célebre castillo con la Catedral de Murcia, extremo improbable en estas tierras de antiguos pantanos. Sin contar que durante siglos fue vertedero improvisado de basuras y animales muertos, lo que habría cegado para siempre tan improbable pasadizo. Otros, tan audaces como aquellos, han sostenido que el pozo está maldito y, en fecha reciente, lo han denominado como sima del infierno o de la muerte.

Resulta más sensato concluir que el agujero tenía otra función más práctica que misteriosa: abastecer de agua la guarnición del castillo. Dibujos inéditos del ingeniero Mariano del Río y en propiedad del Ministerio de Defensa nos permiten conocer el estado de la fortificación en 1810. Pero no se menciona sima alguna, sino varios aljibes. En 1888, en una serie de artículos sobre el castillo publicados en El Diario de Murcia, Díaz Cassou tampoco hace referencia a ningún pozo misterioso, aunque destaca la existencia de diversos subterráneos, aljibes y mazmorras. La imaginación del pueblo, sin duda, hizo el resto.

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