Ricardo Montes Bernárdez. A lo largo de la historia las plagas han causado millones de defunciones, reduciendo la población de forma casi cíclica. Malos tiempos corren en Murcia al llegar la Navidad de 1394. El estado sanitario era lamentable y la ciudad había sido semiabandonada por el patriciado y llega la peste y comienzan las muertes. El escribano Pedro Ruiz Delgadiello fue el encargado de tomar nota de los fallecidos por barrios: Santa Eulalia 783 muertos; San Lorenzo 454; morería, 150; judería, 450…, la lista se hace eterna, llegando a 6088 fallecidos de los 12000 que vivían en la ciudad, en solo unos meses y los cadáveres llenaban las calles. Extrañamente la peste llegó cuando se tiraba la mezquita mayor para construir sobre ella la santa iglesia catedral dedicada a santa María. ¿Sería un castigo divino? Si la ciudad de Murcia en la actualidad, el casco urbano, tiene 250000 habitantes, ¿podemos imaginarnos que fallecieran 125000 en cien días?

Otra plaga fue el cólera, cuya presencia en el cercano siglo XIX apareció de forma reiterativa. Para combatirlo se realizaban humaredas en las calles, a base de romero y plantas olorosas y rezar, mucho rezar. También se pidió a los vecinos que debían rociar y barrer las calles, encalar las casas, rociar con cloruro de cal las casas o no hacer aguas mayores o menores en la vía pública. Pero de poco sirvió porque los fallecidos fueron miles, cada vez que hizo presencia en las ciudades. No menos mortal fue la fiebre amarilla de 1811. Se afirmaba que eran castigos divinos, al igual que en la Edad Media.  Saltando el siglo, en 1918 la conocida como gripe española se calcula que mató a veinte millones de europeos.

El cólera. Desolación de las familias azotadas por la enfermedad.

En 1981 otra plaga nos afectaba, el aceite de colza se llevó por delante a 3800 personas y afectó a más de 20000. El ministro de sanidad salió a la palestra diciendo que las muertes las provocaba un bicho que se moría cuando se caía al suelo, válgame Dios. Y ahora nos llega el coronavirus y la iglesia, como en la Edad Media, nos dice que recemos. Por su parte los responsables políticos, adormecidos en el comienzo de esta nueva plaga, guiados por “expertos” nos dicen que nos lavemos las manos y nos pongamos una máscara de papel, que así evitamos contagios. ¿De verdad se lo han creído?

¿Qué clase de dirigentes nos guían? Ciegos guiando a ciegos…, todos al hoyo. ¿De verdad el encierro nos protege de un virus posiblemente creado en laboratorio? Porque los afectados siguen creciendo vertiginosamente. Por cierto,que, en la Edad Media, ante las plagas, también cerraban los pueblos y ciudades, pero se morían de todas formas. Cabría preguntarse, por otra parte, si el virus se les escapó del laboratorio o le dieron “suelta” intencionadamente. El pánico, el miedo han sido las armas del poder desde hace siglos para mantenernos controlados, me temo que seguimos igual.

Hay aspectos positivos y otros negativos en este proceso. Cuando acabe, al igual que la crisis de 2008, los pobres serán más pobres, la clase media bajará otro escalón, los ricos serán más ricos y su clase aumentará en número. El encierro conducirá a un aumento de la natalidad y de los divorcios. La mejor parada será la naturaleza, ya que la contaminación habrá bajado más del 80%. Como personas también podemos salir favorecidos, si este tema nos ayuda a fijarnos en nosotros mismos, en pensar y meditar en nuestra evolución personal.

Algunos ciudadanos podrán apreciar que se puede vivir sin salir todos los días a tomar copas, que se puede vivir sin comprar ropa o zapatos todas las semanas, que podemos ser solidarios pese a las diferencias religiosas o políticas, que el futbol no es importante…, al final va a ser positivo este manejo del que somos sufrientes.

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