Un salón con asientos, de paredes encarnadas y brillantes, al que se accedía a través de otra gran estancia abovedada y con ventanas romanas. Así describía en 1794 el canónigo y erudito Juan lozano, en su obra Batistania y Contestania del Reino de Murcia, la existencia de un misterioso subterráneo ubicado en la actual calle de San Carlos, junto a la Universidad. Es solo un ejemplo de la intrincada red de pasadizos, cámaras, túneles, criptas y catacumbas que horadaban el suelo de la ciudad, construcciones a las que se suman otras estructuras legendarias.

A lo largo de las Historia numerosas leyendas se han centrado en la existencia de túneles secretos, como los que supuestamente unían la Catedral con el castillo de Monteagudo, la Catedral con el Santuario de la Fuensanta o el que realmente existió en la plazuela de Joufré. No menos legendario es el excavado desde la Casa de los Descabezados hasta la célebre Torre de las Lavanderas, en el camino de Churra, y que fue empleado para raptar a una bella viuda.

pasadizo_subterraneoEste túnel es el descrito por el canónigo Lozano, aunque lo dirige hacia otra dirección. En su misma obra señala que junto al convento de San Antonio y debajo de «otra casa grande» pudo constatar «subterráneos comunicables con los primeros».

La existencia de túneles, en la mayoría de los casos, obedecía a la necesidad de articular vías de escape ante cualquier invasión. Algún autor ha atribuido la autoría de los subterráneos murcianos a la comunidad judía, obligada al culto clandestino en épocas de persecución. Otros invocan el pasado árabe de la ciudad. Y, como en el resto de ciudades del mundo, estas estructuras se usarían siglos después para burlar el control del Estado, como discretos canales para el contrabando.

Otra variante de la red oculta murciana eran las criptas de los conventos e iglesias, algunas aún hoy conservadas. De entre todas ellas destaca la que permanece, sin más adorno que los golpes de la piqueta sobre la roca, en el Eremitorio de la Luz. Fue utilizada durante siglos como lugar de enterramiento de los frailes.

La primera referencia en prensa del subsuelo murciano se encuentra en el ‘Diario de Murcia’, una publicación editada desde enero a julio de 1792. En sus páginas se insertó el anuncio de venta de dos casas, una en la plazuela de San Agustín y otra en la del Rosario. En una de ellas existía, según lo publicado en el Diario, «un subterráneo muy cómodo para un torno de torcedor».

El descubrimiento en la década de los ochenta de unos baños cerca del antiguo convento de San Antonio -del que hoy apenas queda la iglesia- reforzó la veracidad del canónigo Lozano. Algunos investigadores recordaron entonces que aquellos extraños asientos de la sala encarnada bien podrían ser los habituales bancos de obra adosados a las paredes del tepidarium o sala de baños tibios.

La siguiente época que nutre los misterios de la Murcia subterránea, ya en el siglo XX, se centra en la red de refugios antiaéreos excavados durante la Guerra Civil. A comienzos de la década de los noventa, la construcción de un nuevo aparcamiento subterráneo provocó la realización de catas arqueológicas frente al edificio del Ayuntamiento de Murcia.

Los trabajos, dirigidos por el arqueólogo municipal Julio Navarro, permitieron descubrir cómo se le había ido ganando terreno al río durante siglos, hasta conformar la actual plaza. Bajo La Glorieta se construyeron tres refugios, cada uno con dos escaleras de entrada en cada extremo, con unas dimensiones totales de casi dos metros de altura y cien metros de longitud, distribuidos en dos pasillos paralelos y muros de un metro de grosor. La capacidad de los refugios alcanzaba las 925 personas de pie y 368 sentadas, aunque su aforo oficial superaba las 2.200 almas.

No fueron los únicos refugios. El Comité de Defensa Antiaérea de Murcia proyectó la construcción de 43 instalaciones para albergar a una población que superaba las 17.000 personas. Se trataba de una extensa red de galerías que, a finales de 1938, se repartía ya en 27 refugios debajo de plazas, jardines o solares abandonados.

Aunque en la actualidad casi no existe ninguno, los hubo en las plazas de Santa Eulalia, Las Balsas, Cruz Roja, San Juan, Santo Domingo o Santa Catalina. También en las calles Santa Teresa, Polo de Medina, Floridablanca, o Madre de Dios, donde se excavó uno de los más amplios, con una capacidad de 1.500 personas. En este lugar, el solar del antiguo convento, se descubrió en 1934 otro pasadizo subterráneo con lápidas y huesos. Debía ser la cripta del monasterio. Otros emplazamientos se situaron en la plaza de toros, la estación del ferrocarril y hasta en el convento de las Agustinas. Aunque algunos fueron documentados, siempre será un misterio conocer qué restos arqueológicos fueron arrasados en la construcción de estos refugios.

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