Hubo un tiempo no tan lejano en que el obispo, dando tres cuartos al pregonero, dormía en el mismísimo balcón de su palacio. No le quedó al buen hombre otra opción para evitar los rigores de aquella ola de calor que azotó a la ciudad en julio de 1876.

Muchos huertanos, en cambio, durmieron a pierna suelta en sus humildes barracas, a menudo situadas junto a alguna acequia donde refrescarse. O a la sombra de la parra ante la humilde casa, sombreada por la indispensable morera y el cántaro de cerámica llorosa colgado de un cáncamo junto al cristal troceado y embutido con yeso en la fachada.PUBLICIDAD

La historia comenzó el 29 de julio de 1876, cuando una de las pocas preocupaciones del Ayuntamiento de Murcia era, según el parecer de la prensa, impulsar la suscripción pública que permitiera al marqués de Ordoño, entonces alcalde, costearse el bastón de mando. Pobre.

Aquella tarde se celebraba en la ciudad la fiesta de Santiago, que ya por entonces había perdido lucidez. De hecho, el diario ‘La Paz’ arremetió contra la organización, que apenas había dispuesto «cuatro arcos de ramas de chopo y una misa, poco menos que de Réquiem, a las seis de la mañana».

Eso sí, el rotativo anunciaba que solo una cosa había aumentado por encima de la devoción al santo. Y era la arena que cubría el barrio y que «pronto llegará a los tejados». Los desperdicios, por otro lado, no le iban a la zaga. Hasta el extremo de que, según el rotativo, «amenaza ya […] detener el paso de la civilización».

Algo muy distinto sucedió en la celebración de Santa Ana por parte de las monjas dominicas, quienes ofrecieron unos cultos de gran esplendor donde los parroquianos pudieron admirar los Niños Jesús que las religiosas incluían en su ajuar al ingresar al monasterio.

Cada monja le daba culto a estas piezas en sus celdas y allí, «en los éxtasis sublimes de su amoroso delirio, habla con él, le riñe, le mima, le acaricia, le muda la ropa, lo peina, lo lava, lo besa», señalaba ‘La Paz’.

Ni media línea del asfixiante calor que, igual y por otro lado, era cosa acostumbrada en estas latitudes. El diario ‘La Paz’ anotó en unas líneas que «ayer subió a 46º centígrados el calor a la sombra y al aire libre; anoche, a la una marcaba el termómetro 34º centígrados». Y punto.

Un respetado físico

Pero faltaba por anotar cuántos grados se habían alcanzado al sol. De ello se encargó Olayo Díaz, físico de profesión, quien el día 3 de agosto hizo públicos los resultados de sus mediciones. Al parecer, el mercurio ascendió hasta los 65º bajo la solanera.

Según los cálculos del científico, la temperatura media de aquella semana rondaba los 30º a la sombra, algo más que asumible en esa época del año. De hecho, apenas crecía en un punto lo registrado durante los mismos años por esas fechas. Si bien admitió que se padecía «un calor excesivo», a renglón seguido matizaba que era «un hecho normal y corriente».

No era una mente cualquiera la de Olayo. En un interesante artículo sobre su vida, los profesores de la Universidad de Murcia López Fernández y Valera Candel demostraron que el catedrático nació en 1810 y falleció en 1885, además de residir en la ciudad desde 1862. Desde 1869 hasta 1874 trabajó en la Universidad Libre de Murcia, donde sería nombrado decano de la Facultad de Ciencias.

Olayo también quedaría a cargo de la Estación Meteorológica de Murcia, con escasos medios al principio, aunque más tarde mejoraría sus instrumentos gracias al empuje del científico.

El profesor también tuvo ocasión de investigar unas extrañas «auroras crepusculares» que sorprendieron a los murcianos a finales del siglo XIX. Según publicó en 1885 ‘El Diario de Murcia’, «hace cosa de dos años que empezó a llamar la atención de todo el mundo un fenómeno grandioso».

Se producía en los cielos por las tardes y con la atmósfera despejada. Según el rotativo, el cielo se teñía por la parte de poniente de un hermoso color que, tomando al principio vivísimos matices, luego pasaba del rojo intenso al pálido violeta «por una serie sucesiva de suavísimas tintas».

El fenómeno volvió a repetirse el año en que ‘El Diario’ anotaba esas frases. En ese tiempo, muchos sabios de todo el mundo se entregaban a la tarea de encontrar una explicación. Y el ya viejo profesor Olayo aportó la suya. Aquel fenómeno se producía debido a «la refracción de los rayos solares al atravesar una gasa tenuísima de vapor acuoso». Pese a todo, ‘El Diario’ defendía que más bien podía tratarse de auroras boreales.

Pero retornando a aquel 1876, el calor resultó insoportable. Aunque el día amaneció nublado, más tarde se despejó y comenzó el infierno. A muchos parroquianos apenas les quedaba la oportunidad de refrescarse en alguno de los baños que abrían sus puertas durante el estío.

Surtido de tinas

Era el caso, por citar un ejemplo de anuncio publicado aquellos días, de los ubicados en la calle del Val de San Antolín, que ofrecía «un gran surtido de tinas de todas las clases y dimensiones», a partir de cien reales.

Entretanto, los políticos ordenaban inspecciones en los alimentos, que se limpiaran los cauces y se sacrificaran y enterraran los «animales inútiles» para evitar epidemias. La huerta aguardaba la llamada «agua de gracia» para mitigar los efectos del calor. Uno de ellos era la espantada hacia la playa de quienes podían permitírselo. Sobre todo, los concejales, cuya ausencia obligó a suspender el Pleno municipal.

Las mediciones del profesor Díaz se realizaron en el tejado del Instituto Cascales. Y huelga apuntar que su capacidad académica, a priori, obliga a descartar cualquier error. De hecho, el Instituto Nacional de Meteorología registró la aportación de Olayo, datos que no serían superados hasta el 4 de julio de 1994, cuando se alcanzaron los 47,2 grados.

No hay comentarios

Dejar respuesta